Comenzaremos por el final. San Cucufato salío ileso aunque por la puerta de atrás. Los asistentes acabaron unos en mejores condiciones que otros, pero todos sanos y salvos en sus casas.
Cuatro y media de la madrugadá. Una patrulla de la Guardia Civil aparca junto a la pequeña parcela que contiene la balsa del agua potable y cuyo techado hacía de escenario para músicos y cantantes. El “Tractor Amarillo” sonaba como sólo puede escucharse algo como eso, ¡“a manta”!. Los parroquianos bailaban, cantaban y saltaban, ya con más ganas de hacerlo bien que con verdadero acierto y “la parejita” daba vueltas alrededor de las mesas que envolvían al santo que presidía la fiesta y a la pista de baile. A la tercera vuelta de la Benemérita, intuyendo que se estaban cabreando y luego “tó sería peor”, alguien que no tenía que ser quien forzosamente tuviera la mente más clara en ese momento, paró a los guardias antes de que comenzaran una nueva circunvalación:
-”¿Quién organiza esto?.- Inquirió con firmeza el miembro de las fuerzas de orden público.
- ¡Ese, el que está en lo alto del escenario!.- Contestó solícito el convecino.
- ¿Quién, el qué está sentado junto a la mesa de sonido?. Volvió a preguntar el impaciente benemérito.
- ¡Noooo, cáaaaa, el de madera, el que está en lo alto del paso, junto a los cuatro velones!.- Volvió a contestar empeñado en ayudar. Esta vez intentó vocalizar todas y cada una de sus palabras, pues en ciertos estados, es sobradamente sabido por todos, que las frases largas cuestan más que se comprendan. Siempre es más acertado responder con monosílabos, pero la situación no se terciaba para ejecutar ese plan...
El guardia se cansó y espetó: -¡Venga los papeles autorizando la verbena!. En ese momento se mascaba la tragedia...
- ¡Señor guardia, usted disculpe!. Pero aquí no hay ninguna verbena, eso de ahí es el radiocasette de mi coche y a esta gente no la conozco de ná... Señalando unos enormes altavoces a la vez que al personal que lo rodeaba.
A todo esto, el pobre vecino que lo único que quería era colaborar con la autoridad, fue el que se la cargó. 
-¡Venga, documentación!.
-¡No la llevo Sr. Guardia!. Contestó el ciudadano.
- ¡Sus datos y rapidico!, nombre y dirección.
- Sí, señor guardia. Me llamo Miiiigueeeel Maaaarrtttttiiinneezzzzz Ardgdweszsd y vivo en el chalet que estaagggggg detrazzzz de eseeee de alllín.
El pobre vecino, al que le patinó la lengua a pronunciar su ya dificil segundo apellido sobrio, no pudo hacerse entender por el Guardia Civil y cuando le dijo la dirección fue el momento culmen donde todos los asistentes, que en ese momento ya se habían percatado de lo que estaba sucediendo, rodeaban a guardias e interlocutor. El hombre creyó entender que los Guardias le preguntaban su dirección porque iban a acompañarlo y no para ficharlo. La muchedumbre rompió en carcajadas, que no pudieron más que contagiar a los guardias y ser el chispazo que nos salvara de ir a cuartelillo a más de uno. Algún triste llamó a la Guardia Civil molesto por la música.
Mientras que esto sucedía, las hermanas Díez tomaban el trono de San Cucufato y subrepticiamente lo hacían salir por la parte de atrás del solar, antes de que los guardias decidieran llevarse las pruebas del delito y nos incautaran al santo. Sobre las cinco de la mañana se apagó la música y comenzaron los preparativos para el arroz con conejo que tan rico le sale a “Paco, el de los caballos”, seguidos de unos churros con chocolate que tuvieron que ser comprados en Murcia. A las ocho y media de la mañana del sábado 26 de Julio se dieron por concluidos los fastos en honor de San Cucufato. ... Pero la cosa no comenzó así.
El viernes amaneció y cada uno se dispuso a cumplir con sus obligaciones, las laborales y las devocionales. Unos compraban pan, otros hacían michirones, otros daban los últimos toques a sus tortillas y los que quedábamos nos distribuíamos en preparar la parcelica que nos iba a servir para cenar y dar unos bailes y en acabar de ornar el trono que este año estrenábamos para nuestro santo. Las cervezas en el fresco, el tambor templao, los cirios preparados, todo dispusto para el “asalto a la reja” que se esperaba fuese sobre las nueve de la tarde. Como todas estas algaradas libertarias, la cosa comenzaba algo fría y el personal se arremolinaba en la puerta de la casa donde San Cucufato, con mucha prestancia, presidía el horizonte. Los estantes del paso nos uniformamos como se había acordado y nos dispusimos a levantarlo a la orden de nuestro cabo de andas. Al fondo los sones del himno. La gente estaba aún fría y algún hueco quedaba en las andas, mientras que el Comisario de Procesión, con el cuello perfectamente subido y muy en su papel, nos urgía para que comenzaramos con el desfile. Nuestro carpintero, artesano que elaboró tan magna obra de arte, fue el encargado de darle el primer golpe al paso para que comenzara l
a procesión. Mientras los anfitriones caldeaban el ambiente sirviendo “don pedritos” a todo aquel que deseara tomar un pequeño refrigerio. Nuestro músico comenzó con los redobles y Pedro, un profesional del incienso, comenzo a aventar el entorno del santo con ese noble olor.
El buen humor presidía la comitiva y el santo iba parando en cada casa que a bien tenía ofrecer un pequeño piscolabis a los romeros. Pronto el personal comenzó a animarse y el tambor, los puestos en el paso y los cirios fueron pasando de mano en mano, cumpliendo el objetivo de participación y naturalidad que propone la romería. Las chicas decidieron coger el poder y se hicieron con la totalidad de los puestos que había. El cabo de andas dejó, en ese momento de ser alguien con mando y pasó al puesto de mero espectador pues las señoras y señoritas, en su línea de hacer lo que a ellas se les antoje, subían y bajaban al santo, paraban y seguían a su libre albedrío. Una vez finalizada la procesión, no sin antes degustar de los exquisitos bocadillos y delicatesen que los vecinos ofrecían al paso del cortejo, el santo llegó a la explanada donde se celebraría la cena comunal.
Un par de centenares de vecinos, amigos y conocidos juntaron viandas, mesas y bebidas para degustar cada uno la especialidad gastronómica del que estaba junto a él. La música y el baile inundó el ambiente y una vez más, "nuestro santo excusa", fue motivo de una gran reunión, divertida y amena...
¡Viva San Cucufato!
P.D.: San Cucufato dió para seis páginas más, pero como se que os poneis nerviosos cuando veis muchas letras juntas, repartiremos las anécdotas en tres o cuatro entradas más.