Estaba yo pensando… ¡Si me lo tiene dicho mi santa!. ¡No pienses que lo empeoras!, a donde llevar a mi zagalico a correr el domingo. Tenía una tirada de 15 kilómetros y eran varias las alternativas que se podrían trabajar. La primera era ir Aspe. Pronto la desechamos. No era cosa de que el pobretico debutara en una carrera de las más duras que existen por estos andurriales. Otra opción era ir a Torre Pacheco. Allí, la única pega era que la última edición no tuvo más de doscientos participantes y un recorrido de 21 kilómetros con 200 tíos se hace muy solitario. La tercera era hacerlos “a solanas” por uno de los circuitos que tenemos marcados cerca de casa. Reunido el comité táctico de la familia se acordó que lo mejor sería ir a Pacheco. Un recorrido llano y circular con lo cual sería fácil llegar hasta el kilómetro seis, punto donde se incorporaría el chiquillo. Por otra parte, el padre, es decir, “servidora de las monjas”, podría correr a sus anchas. La suerte estuvo de nuestra parte. Este año en vez de los 200 tipajos en pantalón corto que se lanzaron a correr en la edición anterior, el número de “cuerposacos” aumentó de forma considerable hasta alcanzar la bonica cifra de quinientos. Nos levantamos temprano y analizamos la logística de carrera. ¿Llevamos geles?, ¡”pá qué!, ¡si eso lo hacemos en un tris!. Camisetas, ¿”acualas” nos llevamos?… Dos técnicas de manga larga, dos de algodón de manga larga, “los sobradamente conocidos “porsis”… Pantalones cortos, mallas cortas y largas. Pañuelos para las orejas, gorros de lana, guantes de varias tonalidades, marcas y facturaciones. El caso es que los “tontolhabas” se pusieron en marcha con dos mochilas de más volumen que las que utilizan los “famosotes” de Supervivientes. Vamos a sacar el coche del garaje y pienso en el último “porsiacaso” y le digo al nenico: “¡Pablete saca los chubasqueros, no vaya ser la mala uva…!” (Un guiño a la media de Aspe también conocida por la “De la Uva”, por las raciones de esa fruta que regalan). Puestos en marcha con tres gradicos pero el cielo medio despejao, vamos acercándonos al Puerto de La Cadena, único puerto de Murcia pero sin agua, pues es un paso de montaña que da entrada a la comarca marítima de Cartagena. Bajando el puerto el cielo comienza a teñirse de azul petróleo, que es como ahora le llaman al gris plomizo de toda la vida. Mis años de meteorólogo me hacen profetizar, ¡A que en Torre Pacheco está lloviendo….!. Nos salimos de la autopista en la salida correspondiente y no hemos recorrido de diez metros y el cielo está negro y el suelo encharcado, pero… encharcado de charcos de “a palmo”. De momento no llueve. Aparcamos y recogemos los dorsales. Me han adjudicado el 313, bonito número. Elegimos el material, como si lo que fuésemos a realizar fuera el ataque final al K2 y nos vamos a calentar. Comienza a llover… Nos vamos a por los chubasqueros. Me alegro por primera vez en el día de ser un neurótico y haber acertado cogiéndolos. Calentamos y aprieta la lluvia. Se retrasa la salida, pues estaba lloviendo fuertecillo y no era cuestión de salir de tal guisa. Aprieta un poco más y el personal se mete dentro del polideportivo y mira por los grandes ventanales la “troná” que está cayendo. Se retrasa la salida otro cuartico de hora. Me encuentro con el director del patronato de deportes, conocido de cuando iba a cronometrar el duatlón de dicha villa. Le digo: ¡Nenico, o das la salida o lo suspendes que nos estamos helando y la gente ya está comenzando a desertar… Anuncian que nos vayamos para la salida que van a dar “el tiro”. Los más valientes nos vamos para allá, los menos crédulos se esperan bajo el techo del porche del polideportivo y salen desde allí, por lo menos se ahorran un mojao, aunque hagan cien metros más. Mi nene se despide de mí y yo me voy a la salida. En eso aparece el Capitán Bajoca que ha venido a acompañar al sobrino en el debut y de paso hacerse un rodaje suave. ¡Yo lo llamo tos los días para entrenar y la mayoría me deja tirao y hoy que hace un día de perros aparece!. ¡Vaya un aprecio que me tiene!. Al grito, por mi parte, de: “¿Vosotros, es qué no tenéis casa?”, refiriéndome a los cerca de quinientos tío/as que quedábamos por allí, esperamos pacientemente el disparo de salida. Parece que escampa. En la salida me encuentro con algún triatleta conocido y la panda de las nenicas de la pista, que intentan ganarme cada vez que me ven mohino. De salida aprieto, me encontré bien en el último rodaje de 90 minutos del jueves. Pasamos el primer kilómetro y un listo canta: “¡Cuatro veintitrés!”. Aprieto, no para correr más sino para separarme de los listos que van cantando los kilómetros… Voy bien, comienza a llover de nuevo, no para, aprieta. ¡Me cago en la leche, ahora llueve más que antes!. El circuito, una mierda de circuito que nos llevaba por lo más feo, cochambroso y autóctono de la zona, estaba lleno de barro de los tractores que abandonaban las fincas y que dejaban su carga de barro en el primer contacto con el alquitrán. El barro se mezclaba con las moñigas de vaca y cagás de ovejas y cabras que todo junto se mezclaban en los ríos de agua que bajaban por el piso, sin que el alcantarillado, ni los arcenes acierten a tener suficiente caudal para desalojarlo todo. El agua por los tobillos, las zapatillas, como si estuvieras corriendo dentro de una piscina y mis plantillas moviéndose de un lado para otro dentro de las chancletas. Entre hacer fuerzas con los dedos para que no se movieran las plantillas, subir y rodear charcos, haciendo sobradamente más de 22 kilómetros y luchar contra el frío y el viento, aquello terminó como una batalla. Cada pocos metros pasabas a corredores que tenían que pararse ahogados por el agua o con problemas musculares por el frío y la inmensa cantidad de agua que caía. Mientras, como a mí me va la marcha, paso por donde mi nenico estaba esperando a su tito. El pobre estaba calado y no había corrido aún ni un metro. Sigo y sigo adelantando personal. Mi ritmo no había aumentado, lo mantenía más o menos estable, eran los demás los que comenzaban a sentir el efecto “birlocha”. En el quince es donde corren los que de verdad corren. Me separo del grupo que había ido capitaneando desde la salida. De unos quince valientes que formaban la “coya” al principio, sólo quedamos tres. Dos hermanos gemelos, más bastos que un cerrajón y que no hacían más que preguntar qué marca íbamos a hacer y yo. Al final sólo quedo yo, tras apretar en el dieciséis. El diecinueve se me hace eterno. Las piernas van cargadísimas por el frío y tengo miedo a tener problemas musculares. Me aprieta un bajón físico importante. El ritmo decrece de forma considerable pero no alarmante. Tiro de experiencia y se que, en contra de las carreras anteriores, ahora si tengo fondo para administrar. Me pasan algunos corredores pero incluso en los dos kilómetros finales, con un globo importante yo rebaso a más. Llego a meta y allí se ven los estragos de la batalla. Varios compañeros lesionados, lo que les joderá la temporada, pues este trabajo de volumen es básico. Frío y malas caras por doquier. Llega mi nenico. El Capitán Bajoca lo conservó bastante bien y lo mandó a correr sólo al final. A pesar de ser una carrera infernal a Pablete le quedan ganas de repetir experiencia, se había divertido, eso era lo importante.
Lo mejor de la carrera fue la camiseta. Es naranja y de un tejido como las del Betis, esas que se pegan al cuerpo como si fuera chicle. Mi santa dice que ese modelo es para gente más joven que yo, pero como soy tan coqueto me la pienso poner para el spinning y enseñar este cuerpo bollicao a todas las nenicas de la bike…
Lo importante es que ya estoy en el mismo tiempo que el año pasado. Aspe es más dura, pero las condiciones de Torre Pacheco este año las iguala. El año pasado el 16 de diciembre una hora treinta y dos diez y este año una treinta y dos veintitrés.
Fue salir de Torre Pacheco volver a estar todo seco. Ni una puta gota había caído en ningún otro sitio. Estaba de dios que sólo nos lloviera a nosotros. A unos quinientos descerebraos que si hubieran tenido casa se hubieran quedado en ella, un día magnífico para comerse unas miga, con sardinas salás, vino y tocino.
La semana tuvo varias cosas más, pero esas las contaré mañana. Te adjunto, querido diario, una frikada que hicimos para la tele… Lo mejor es cuando levantamos al presentador al más puro estilo campurril y la despedida de las manos juntas, ¡pá habernos matao!.
Mañana, más. Querido diario.