-Padre, ¡he pecado!.-“Dime hijo. ¿De pensamiento, de palabra…de omisión?”. ¡Ufff…! – pensé… ¿Cómo le digo yo a éste que si empezamos con particularidades no terminamos en todo el día. Mejor será que intente generalizar y así abreviaremos y nos evitaremos sórdidas historias.
-“¡Pues de tó un poco!. Padre”. El “papito”, no dejaba de inquirir insidiosamente, quería los más íntimos detalles de mis pecados… Estos “ministros”, ¿porqué se empeñarán en averiguar los detalles?, ¿será morbo o verdadero interés por salvar nuestra alma?... El de la sotana seguía con su interrogatorio, que yo intentaba eludir con respuestas vagas y generales… Cada vez me agobiaba más y la situación se tornaba de incómoda a verdaderamente violenta… Sudaba, intentaba eludir su acoso y … ¡Zas!. ¡Me desperté!. Sudando como un pollo, mojado como un quinceañero en un sueño erótico, calado como al finalizar una carrera. ¡Joder, gracias que estaba durmiendo!. ¡Un poco más y tengo que confesar la verdad!. Mi pecado fue de omisión. Por primera vez en más de un año me había saltado voluntariamente un entreno. La conciencia me martilleaba recordándome que había “pecado”. Mi subconsciente me castigaba enviándome pesadillas en mis sueños.
Pues sí, si por algo se puede significar esta semana fue porque el viernes, a pesar de tener marcado una sesión de natación, no tuve ganas ni fuerzas para ir a la piscina. Así, sencillo, cual lógica de niño. ¡Qué no tenía cuerpo para nadar, ni pá ná!. En mi descargo, si es que ese pecado mortal puede tener una justificación, debemos decir que, la semana fue difícil. El Miércoles mi cumpleaños. Fui a realizar la sesión de fuerza y estando justo a mitad, suena el teléfono. ¿Quién es?, “¿Nos vamos a tomar unos “don pedritos”?, se escucha al otro lado… Lo pienso, cierto que lo pienso poco… ¡Sí!, contesto con prontitud. A los treinta minutos dejé las mancuernas, los carros y los esculturales cuerpos de mis compañeros y compañeras de gimnasio, con los que nunca he cruzado ni una sola palabra, por supuesto me refiero a los compis, no a los carros y mancuernas. Las cervezas se fueron acumulando con sus respectivas tapas en mi estómago y a continuación en mi sangre. A la tarde estaba en un estado tal que no pude más que ir a cenar con mi santa y unos amigos… En la madrugada ya no era un “estado tal”, era directamente un “embarazo etílico”. Tras cuarenta y siete años mi despertar era como siempre, con un resacón ¡pá cagarse!. A las diez de la mañana de jueves, mi santa logra despegarme de las sábanas con la excusa de que si no me iba ya a correr la hora y media que me tocaba, no iba a tener tiempo. –“¡Garban, levanta, que si luego no corres me estarás dando la brasa todo el día!”. A las doce venían mis hermanos y unos amigos, más cuñadas, sobrinas y alguno más a tomar una morcillas con vino, don pedritos y demás zarandajas del comer. Con el cuerpo como un trapo, salí disparado, evidentemente es un eufemismo, hacia Coto Cuadros. A ritmo de romería de la tercera edad dirigí mis pasos hacia la montaña. Cada vez que me cruzaba un biker o un corredor y me saludaba con un “¡Buenos días, Garbanzito!. La cabeza se me tumbaba del lado contrario al que provenía el saludo. ¡Qué dolor!. Dieciocho kilómetros de sufrimiento, mi cuerpo comenzaba a resentirse.
A la hora convenida, un poco más tarde para ser sinceros. Los “Hermanos Garbanzitos” no nos significamos por nuestra puntualidad comenzamos el festejo. Aperitivos, cervezas, aperitivos de nuevo, vino, cervezas, más aperitivos… ¡Bieeeeennnn, ya es la hora de la comida, qué alguien ponga la pintaza en las brasas!. Y esa fue nuestra perdición. Una mente preclara, un profeta, alguien que ve las hierbas crecer, una persona con una iluminación más grande y más precisa que la de “El Corte Inglés” por navidad dejó, mientras que contaba un chiste, todo el “cerderío”, junto a las brasas y encerró a los perros en el recinto donde hacíamos la carne. Al acabar los chistes para la único que sirvieron las brasas fueron para quemar en ella al “lince” y luego mearnos en ellas. Los dichosos perros aún están relamiéndose de la pechá a comer que se dieron. Nos dejaron, qué detalle, los envoltorios y los cordeles con los que iban sujetas las morcillas y las salchichas. ¡En un tris, nos quedamos sin comida!. Sin ná que comer, la fiesta derivó en lo único que quedaba, beber. Buscamos con urgencia manduca para poder saciar la necesidad más urgente de los menores de edad y los demás seguimos con las patatas fritas, la cascaruja y el queso. Al terminar el día, organizamos las cena de navidad, el amigo invisible, compramos varios inmuebles, nos adjudicamos unos coches unos a otros y quedamos para nosecuantas fiestas más por navidad. Lo cierto es que ya no regía casi nada y la decena de niños miraban asombrados a sus progenitores, titos y demás familia con una cara de incredulidad y sopesando si aquello era una fiesta “normal” o ya era nochevieja. El viernes amaneció sobre las cuatro de la mañana. ¡Qué mal cuerpo!. Sólo faltaban dos horas y media para que sonara el despertador y ya estaba pensando en no levantarme. A las siete y media tuve la hombría y la fuerza para dejarme caer sobre las baldosas. El frío que sentí me hizo reaccionar aunque levemente. Me fui como pude a la oficina, pensando que ya estaba vigente la nueva reglamentación sobre el alcohol y que yo sería uno más que engordaría la cifra de más de cien detenidos por la Guardia Civil. ¡Menos mal que no encontré a ninguno!. La mañana del viernes la pasé dormitando en el sofá de mi oficina con la puerta cerrada y la luz roja de las visitas encendida para que nadie osara a interrumpir el descanso de guerrero. A media mañana tomé dos decisiones, cual de ellas más acertada. La primera que no tenía el cuerpo para nadar. La segunda que me iría a tomarme el aperitivo pues necesitaba nivelar el nivel de alcohol en sangre, seguía estando hecho un trapo. El viernes por la tarde lo pasé recuperándome y ya el sábado junto con Stani y Juan salimos en la bici.
El domingo salí con la peña. Hicimos un recorrido novedoso para mí. Por Alcantarilla, Las Torres de Cotillas, Alguazas, Campos del Río y por la carretera de Yéchar regresamos hacia Ceutí y de nuevo Las Torres de Cotillas y a casa. Me salieron 120 km. que ponía en el plan pues me fui en bici desde casa. Tuve que salir una hora antes, pero mereció la pena. Si hubiera ido directamente hubiesen salido 100 km. Un día tengo que proponérselo a Stani y Juan, seguro que les gusta. Recorrido sube y baja, sin tener un solo puerto pero siempre hacia arriba, con toboganes exigente. El viento al final casi nos deja exhaustos en la carretera pero llegamos con bien. Del resto de la semana podemos comentar el farlek del martes. Cambios de 5 y 3 minutos. Los grupos de cinco minutos me salían entre cuatro y cuatro ocho el kilómetro. Estamos cogiendo algo de ritmo ya.Esta semana iremos a la media de Torre Pacheco. Es una carrera al estilo de la de San Javier, fea de cojones. Ocurre que mi zagal pequeño tiene un entreno de 15 km. y quería hacerlo en grupo. Si vamos a Aspe los 15 kilómetros son duros, duros, sin embargo en Pacheco son todos llanos. Así que nos iremos allí para que el crío no sufra demasiado. Por lo demás hoy tengo un test
Pues eso es todo, ¡Hasta la semana que viene, querido diario!.











